En un momento dado | El último Barça que imaginó Cruyff
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El último Barça que imaginó Cruyff

 

“El fútbol se mira con los ojos de Cruyff”. Romário da Souza Faria

 

Prefacio: 

El siguiente texto es el resultado de la curiosidad. Como seguramente lo sean todos. Su origen es otro artículo publicado en este espacio en noviembre de 2012, en lo que fue un intento por rastrear en el ámbito futbolístico, la noción de estilo tardío propuesta por el filosofo alemán Theodor Adorno, por lo general vinculada a la música y a otras disciplinas artísticas. Como nota introductoria y resumiendo, la idea de estilo tardío apuntada por Adorno es un fenómeno que ocurre al final de la vida y trayectoria de algunos artistas, y en que, a partir de la autoconciencia de un final cercano, emerge la producción más libre, experimental y formalmente rompedora. Una ruptura formal que se produce también respecto a uno mismo, desde el desapego de quien ya no deberá rendir cuentas. En su momento, tomamos como hilo del que tirar los últimos compases, programados o sobreentendidos, de dos talentos creativos como pocos ha dado el fútbol: el adiós de Zinedine Zidane del césped, y el de Johan Cruyff de los banquillos. En el caso de este último, el hilo no lo hemos soltado, y más de dos años después nos hemos propuesto seguirlo hasta el interior del laberinto, con este artículo especial con el que profundizaremos en la que fue la última temporada del holandés como entrenador. En su estilo tardío. Cuando Cruyff rompió con Cruyff para seguir siéndolo. 

 

El último Barça que imaginó Cruyff:

F.C.Barcelona – Vitoria de Guimaraes. Partido de ida de los dieciseisavos de final de la Copa de la UEFA. Temporada 1995-1996. Minuto 20. Johan Cruyff sale de su banquillo, se acerca al límite del área técnica y llama a Albert Ferrer. El lateral catalán recibe las instrucciones del técnico y se las transmite a sus compañeros, aprovechando que el juego se encuentra detenido mientras a un rival lo atienden sobre el terreno de juego. Roger García, hasta entonces extremo izquierdo, pasa al interior diestro, posición que ocupaba Albert Celades y desde la cual ahora recula hasta el lateral. Ferrer, quien lo habitaba, se convierte en la pareja de Gica Popescu en el centro de la zaga, pasando el Barça del 1-3-4-3 inicial a un 1-4-3-3 sin extremos en el que Figo y Jose Mari Bakero ocupan con libertad una zona centrada por detrás de Meho Kodro.

Decía Johan Cruyff, el hombre del “salid y disfrutad”, que antes de que empiece el partido el entrenador puede hacer poco, que a fin de cuentas no es capaz de saber qué propondrá el adversario y qué hará cada jugador, que lo realmente importante es cómo se leen los primeros minutos de partido y las resoluciones que se toman a partir de ellos para incidir sobre el juego: “Las decisiones que puedes tomar antes de un partido quedan en el aire, ya que nunca se sabe cómo te jugará el contrario. La estrategia la puedes ir aplicando sobre la marcha, después de ver durante cinco minutos lo que pasa en el partido y vas haciendo los cambios que crees más convenientes. Leer los partidos como jugador, y luego como técnico, ha sido una de mis mejores virtudes“. Podría ser que un Cruyff que entrenara hoy matizara esta afirmación. En el fútbol posterior a la Ley Bosman y a la Copa de Europa, el corto plazo impera, no es necesario pasar por el título de Liga para levantar al año siguiente La Orejona y, por regla general, los grandes aspiran a todo temporada tras temporada. Los tiempos se han recortado, el margen también, y paralelamente el poder de la figura del entrenador le ha ganado terreno al futbolista. Hay menos margen para construir desde la libertad y la inspiración, la táctica ha dejado de ser aquello de que echar mano cuando ya no hay nada más y es más fácil adivinar previamente qué propondrá un equipo. Sin ánimo de enjuiciar, es otra época.

A caballo de las dos vivió Cruyff el curso 95-96, el que a la postre sería su último sentado en un banquillo de forma regular. Justo el verano siguiente se abriría la veda de los traspasos comunitarios y Ronaldo Nazario se convertiría en el primer gran crack mediático global, en la primera estrella de la NBA en el mundo del fútbol. Aquella, la 95-96, fue una Liga con 22 equipos y la primera en España en que las victorias valdrían 3 puntos, los entrenadores dispondrían de una tercera sustitución y los jugadores tendrían dorsales fijos. Una época de cambio. También lo fue en el Barça, que terminaba por pasar la página del Dream Team tras una temporada de más derribo que construcción motivada por la dolorosa final perdida en Atenas. En el verano de 1995, abandonaron el equipo futbolistas de la entidad de Koeman, Stoichkov, Eusebio, Begiristain y Romário, marchas que unidas a las de Zubizarreta, Laudrup o Goikoetxea un año atrás, certificaban el cambio de ciclo y el cierre del maravilloso álbum de fotos que había sido aquel equipo de ensueño.

Kodro, Hagi, Popescu, Figo y Prosinecki. Los cinco extranjeros del F.C.Barcelona la temporada 95-96.

Kodro, Hagi, Popescu, Figo y Prosinecki. Los cinco extranjeros del F.C.Barcelona 95-96.

 

Para levantar el nuevo, Johan reconstruyó la plantilla a partir de tres bloques: las “vacas sagradas”, los extranjeros y los canteranos, a los que habría que sumar dos porteros suplentes -Lopetegui y Angoy-, dos futbolistas recuperados de sendas cesiones a conjuntos de Primera -Óscar García y Lluís Carreras-, Jordi Cruyff, lesionado una buena parte de la temporada, y Ángel Cuéllar, también lesionado de larga duración desde su partido de debut como futbolista culé y el único fichaje de aquel verano con pasaporte español. El bloque más numeroso, aunque sorprendentemente poco habitado, era el de los jugadores que permanecían en el equipo respecto al curso anterior. Futbolistas, en su mayoría, que deberían dar un paso al frente en cuanto a jerarquía para llenar el agujero dejado por los líderes del Dream Team, de los que ya sólo quedaba el capitán Jose Mari Bakero. Junto al 6, jugadores como Guillermo Amor, Guardiola, Carles Busquets o los cuatro defensas internacionales con la España de Javier Clemente -Ferrer, Abelardo, Nadal y Sergi- conformaban lo que por la época se conocía como “las vacas sagradas”.

En general, no fue un año fácil para ellos. Johan les trasladó la presión y una exigencia que hasta entonces no había recaído en sus espaldas, más después de comprobar que a casi todos los fichajes extranjeros de aquel verano les faltaba capacidad para liderar. Pep Guardiola, el niño del anterior proyecto, sintió con más frecuencia de la esperada el frío del banquillo, y por ejemplo de los diez primeros partidos de Liga sólo disputó completos dos, y en cuatro participó entrando como reserva. El de Santpedor declararía más tarde al respecto: “Cuando llegué, me quitó presión para que arriesgara; me decía que la responsabilidad era de los veteranos. Pero a medida que me consolidaba eso cambiaba”. Bakero, capitán, portavoz y apagafuegos, era el único de los líderes del vestuario que mantenía su estatus, pero con 32 años se le empezaba a regular. “Se le ha pasado la edad de disfrutar. Es un jugador clave y lo tengo que dosificar”, diría de él Cruyff ese mismo mes de noviembre, y ya en pretemporada Carles Rexach, el segundo del holandés, avisaba: “Aunque futbolísticamente es un hombre que seguirá teniendo un gran valor, también realizará la función que asumió en su día Alexanko. Este año se ha ido gente muy carismática, como Koeman, Stoichkov, Txiki y Eusebio, y teníamos que mantener a dos o tres jugadores veteranos que sepan cómo funciona el equipo”. Pero sin duda, de entre los veteranos, a quién más apretó las clavijas el entrenador fue a Guillermo Amor, damnificado por un empate ante el Mérida en la segunda jornada, con muy poco protagonismo incluso en las convocatorias hasta bien entrada la temporada, y sustituido como segundo capitán del equipo tras las fiestas navideñas por un recién llegado como Popescu.

El segundo bloque más numeroso lo formaban un grupo de esperanzadores canteranos que venían de sobresalir con el filial en Segunda División, encabezados por Roger García que ya había debutado con los mayores el año anterior. “Tendrán su papel en la temporada. En principio, la plantilla del primer equipo será corta y los jóvenes serán jugadores del B, pero habrá que seguir la evolución. La propia competición marcará su utilización” afirmaba Cruyff antes de arrancar la temporada. Futbolista de delicada zurda, buena lectura y certero en el centro y el disparo, a Roger Johan lo utilizaría mucho y por toda la banda izquierda -del lateral al extremo-, terminando la temporada como el octavo futbolista de la plantilla con más minutos. También zurdo, el mayor de La Quinta era el delantero Juan Carlos Moreno, capaz de turnarse entre el extremo y la punta, alternó más que el resto el primer equipo con el filial, y no fue el menos utilizado entre los jóvenes debido a una importante lesión que sufrió el central Quique Álvarez al poco de empezar, que lo mantendría fuera de los terrenos de juego durante varios meses. Si el mayor era Moreno, el más joven, con 18, era Toni Velamazán. Reflejo de Roger en la derecha en cuanto a posicionamiento sobre el campo y capaz, también, de jugar arriba, terminó la temporada con tres goles en once encuentros. Más protagonismo tuvo Albert Celades pese a las lesiones, interior, lateral o incluso extremo en la derecha, fue el futbolista de la plantilla con mejor porcentaje de victorias en los partidos que disputó.

Pero sin duda, el icono de aquella generación, el futbolista que con su apodo bautizaba al grupo, era un espectacular mediapunta llamado Iván de la Peña, que jugó bastante más de lo que se cree -31 partidos en Liga, 25 de los cuales como titular- y al que le tocó vivir el estallido mediático del mundo del fútbol con apenas 19 años y mientras en el eterno rival florecía casi con su misma edad un tal Raúl González Blanco, todavía con el dorsal 17 en la espalda. Huérfana de referentes tras la salida de los cracks del Dream Team y ante las dificultades de los nuevos extranjeros para hacerse con su lugar, la afición abrazó al nuevo fenómeno desde el stage de pretemporada. En un entorno que en poco tiempo había perdido la magia de Laudrup y Romário, la visión de juego de Lo Pelat y su facilidad para encontrar el pase definitivo donde nadie más lo veía, rápidamente hicieron del canterano todo un fenómeno social. Cruyff, mientras tanto, alternaba con él palo y zanahoria, acompasando titularidades, suplencias y retornos al filial. “Si sólo se juega con una pierna no puede tenerse una técnica perfecta. Por ejemplo Ángel Mur, nuestro masajista, con 53 años juega perfectamente con las dos piernas. Un jugador de 19 años no puede aceptar jugar sólo con una pierna, tiene que aprender a jugar con las dos”.

Sobre el campo, el entrenador holandés utilizaba a Iván en varias demarcaciones, en un recorrido que hoy podría recordar al que trazó Guardiola para Thiago Alcántara en Barcelona, y que iba del mediocentro al extremo izquierdo, pasando por los dos interiores o una mediapunta que potenciaba sus virtudes y amenazaba con acomodar sus defectos. “Últimamente muchos se quejaban de la posición en que hacía jugar a De la Peña y en la segunda parte ante el Hapoel lo coloqué en su sitio y pudo lucirse. Había que buscar un equilibrio porque lo que yo no quiero es que se suba a las nubes, pero tampoco que se hunda .Quiero prepararlo porque puede ser un jugador fabuloso los próximos diez años”. En realidad, el canterano que más cerca estuvo de ser el heredero de la posición de Bakero, fue Óscar García, el hermano de Roger. Mayor que la generación de La Quinta, ya había vivido como culé las ligas del 93 y del 94, y regresaba al equipo después de una cesión muy positiva en el Albacete de Benito Floro.

La Quinta del Mini. De izquierda a derecha: Celades, Roger, De la Peña, Toni Velamazán, Quique Álvarez y Juan Carlos Moreno.

La Quinta del Mini. De izquierda a derecha: Albert Celades, Roger García, Iván de la Peña, Toni Velamazán, Quique Álvarez y Juan Carlos Moreno.

 

De protagonismo cambiante durante aquella temporada 95-96, el gran momento de La Quinta del Mini llegó en la jornada siete cuando los azulgranas visitaron el Benito Villamarín. El arranque de curso estaba siendo bueno, y de hecho el equipo se mantendría imbatido hasta la jornada diez, pero para cuando tocó citarse en el estadio verdiblanco, las bajas asolaban la delantera azulgrana. Las lesiones, una constante durante todo el año, dejaban fuera de combate a Cuéllar, Jordi, Kodro y Prosinecki, y los rumanos Hagi y Popescu eran reclamados por su selección. Con Juan Carlos Moreno y Figo como únicos delanteros naturales y una convocatoria con una media de edad de veintitrés años, aquel Baby Barça debía enfrentarse a un Betis que, dirigido por Llorenç Serra Ferrer y con futbolistas de la talla de Alfonso, Jarni, Alexis Trujillo, Pier o Stosic, todavía no conocía la derrota en lo que iba de temporada.

Como a poco del inicio Bakero también quedó fuera por unas molestias, el once definitivo que presentó el Barça aquella noche fue el formado por Busquets, Ferrer, Nadal, Abelardo, Sergi, Carreras, Oscar, Toni Velamazán, Roger, Figo y Juan Carlos Moreno, que de entrada se organizaron según un 1-4-4-2 en rombo, con Oscar en la mediapunta y Figo y Moreno muy libres arriba. También participaron De la Peña y Celades, mientras que Guardiola y Amor fueron suplentes. Debido al poco margen de maniobra arriba y pese a que el 1-5 final parezca indicar justo lo contrario, los de Cruyff asumieron un papel más contragolpeador y sacrificado en defensa. La disciplinada presión de los dos puntas más Óscar sobre el inicio de la jugada del Betis, se aliaba con las marcas individuales que el fútbol empezaba a desterrar pero que con relativa asiduidad Cruyff todavía utilizaba. Así Lluís Carreras, comodín en la izquierda y aquel día mediocentro del equipo, se emparejó con el ex-azulgrana Óscar Arpón. El dibujo bético, otro 1-4-4-2 con rombo en mediocampo, planteaba situaciones de uno contra uno en casi todos los duelos, lo cual ante un Barça tan inexperto y poco acostumbrado a defender en campo propio, era una dificultad añadida. Además los locales, conscientes del escaso peso jerárquico en el once culé que saltó al campo, inyectaron una dosis extra de intensidad y pelea con la intención de intimidar.

A medida que la salida del Betis iba encontrando a Alexis Trujillo, los jugadores del Barça empezaron a sufrir en los emparejamientos directos, especialmente la pareja de centrales que se las tenía que ver con Alfonso y Pier. Ante este escenario, el ajuste de Cruyff con el partido en juego consistió en convertir a Toni prácticamente en un carrilero que trabajara sobre Stosic en defensa y llegara arriba cuando su equipo recuperara, de modo que Ferrer, el lateral, quedara libre para ejercer de marcador de uno de los dos puntas rivales. Un ajuste que ya en el segundo tiempo derivó en un cambio de dibujo con el Chapi y Abelardo como centrales y Nadal ejerciendo de hombre libre mientras Sergi y Velamazán se encargaban de los carriles. Pese al empuje del conjunto verdiblanco en ataque, la respuesta del Barça a la contra amenazaba. La descarga de espaldas de Óscar para permitirle al pasador aumentar la velocidad de la combinación, la profundidad de Moreno, las llegadas de Toni y Roger y, por encima del resto, un Luis Figo que en ausencia de otros referentes se erigió en líder, llevaron mucho peligro en sus aproximaciones al área de Jaro. Desde la posición libre del portugués y del mayor de los hermanos García, encontraba la transición culé el punto de apoyo sobre el que cambiar de carril durante el contraataque, e impedir que la defensa del Betis llegara a todo. Así, el primer tanto nacía en la banda derecha y se consumaba desde la izquierda, mientras que el segundo partió de una recuperación sobre el lateral derecho bético y culminaría con un centro de Toni desde la orilla contraria a la cabeza de Figo.

En el segundo tiempo, que empezó con el Betis reduciendo distancias y un segundo disparo de Roger a la madera, los jóvenes futbolistas del Barça, comandados por Figo, hicieron acopio de oficio y personalidad para mantener la ventaja hasta el minuto 81 de partido y para asimilar con facilidad los bailes de piezas que Cruyff ordenaba desde la zona técnica. Guardiola entró por Carreras para que el equipo movilizara balón justo cuando más se partía el Betis, que había dado entrada a Sabas -un delantero- por Jaime -el lateral derecho-. Pocos minutos después también entrarían al campo De la Peña y Celades. Éste último anotaría el 1-3, y el genial mediapunta se encargaría de servirle el cuarto a Toni y de rubricar la goleada con un disparo por toda la escuadra.

Paradójicamente, el protagonista principal de un partido recordado como emblema de aquella generación de canteranos, no fue ninguno de ellos sino otro joven, en este caso portugués, aterrizado aquel verano en Barcelona con el reto de ocupar una de las plazas de extranjero que antes habían pertenecido a Koeman, Stoichkov, Laudrup o Romário. Con 22 años, Figo había sido el objetivo número uno de Cruyff en el mercado de fichajes, y su contratación se cerró varios meses antes de terminar la anterior temporada. Ya había sido importante en el Sporting de Lisboa y su ambición le empujaba a dar el salto a una liga y un club de mayor exigencia. Al llegar a Barcelona, Figo no era el extremo derecho que salió de la ciudad condal cinco temporadas después. Su última temporada en Portugal sí había ocupado la banda pero visitaba con frecuencia un carril central en el que el jugador afirmaba sentirse más cómodo, y un rol similar le esperaba en el Barça aunque con algo más de obediencia en la sujeción. La primera petición de Cruyff fue también la que más resultado dio dentro de una nómina de extranjeros en la que sólo repetía Gica Hagi.

El rumano, tan exquisito técnicamente como irregular y propenso a lesionarse, tras decepcionar en su primer año como culé, sonó para abandonar el club tanto en verano como durante los primeros meses de competición. Sin embargo, terminó la temporada como titular en una de las bandas, aunque más por descarte que por sus méritos durante el curso. Las lesiones de larga duración que a principio de campaña habían sufrido Cuéllar y Jordi dejaban el extremo izquierdo del equipo algo desnudo, y además el rendimiento de Prosinecki y Kodro había llevado a ambos a perder en la disputa de la tercera plaza de extranjero que el reglamento de entonces permitía alinear. El delantero bosnio llegó al Barça con el aval del gol y después de ser el segundo máximo realizador de la Liga en las filas de la Real Sociedad. “Si he marcado 25 goles en un club modesto como la Real, hay que esperar los mismos o más en un grande como el Barça” vaticinaba optimista el hombre que debía llenar el enorme agujero anotador que dejaban las salidas de Stoichkov, Koeman o Romário. Meho no sólo no fue suficiente, sino que se quedó muy lejos de las cifras que prometía. Nueve tantos únicamente, en una Liga en que si bien los números dicen que al equipo no le faltó gol – los 72 conseguidos fueron sólo tres menos que los que necesitó el Atlético para salir campeón, o cinco menos que los logrados por el equipo más goleador de la temporada: el Valencia de Luis Aragonés y Pedrag Mijatovic- se echó de menos la seguridad del hombre gol. A la postre, Óscar García con diez tantos fue el máximo artillero de un equipo que no contó con ningún jugador entre los 30 más goleadores de Primera.

Meho, que ya entró con el pie izquierdo en la pretemporada fallando los tres penaltis que intentó y cuyo aire apesadumbrado contrastaba con el del anterior hombre-gol del Barça, tuvo su momento de gloria como jugador culé ante el Real Madrid. El clásico de la segunda vuelta disputado en el Camp Nou se presentaba como una de las últimas oportunidades del equipo catalán para engancharse a la Liga, segundo a once puntos del Atlético de Madrid pero con mejor calendario que los colchoneros. Los locales, sin Nadal sancionado, formaron en 1-3-4-3 con Busquets, Ferrer, Abelardo, Sergi, Popescu, Guardiola, Roger, Bakero, De la Peña, Figo y un Kodro que llegaba al encuentro tras diez jornadas consecutivas sin ver portería. El Madrid por su parte, sin Alkorta, daba entrada a Milla en la media para cerrar atrás con la pareja Hierro-Sanchis. En el tercer partido de Arsenio Iglesias en el banquillo blanco tras sustituir a Valdano con la temporada en marcha, completaban el once merengue Buyo, Chendo, Quique Sánchez Flores, Redondo, Luis Enrique, Laudrup, Raúl e Iván Zamorano. Organizados en un 1-4-2-3-1, los blancos afrontaron una inferioridad numérica en mediocampo que le otorgó la iniciativa al Barça durante el tramo inicial. Cruyff, que había vaciado la banda izquierda del ataque ante el escaso peligro ofensivo que planteaba Chendo, juntaba por dentro a Popescu, Guardiola, Bakero, De la Peña y a Figo, que alternando el costado derecho con Kodro, también sobrecargaba la zona de un Quique Sánchez Flores fuera de su demarcación ideal.

Pese al fabuloso marcaje al hombre de Popescu sobre Michael Laudrup, las primeras ocasiones de claro peligro fueron visitantes, a lo que Johan respondió emparejando a Roger con Luis Enrique para que el canterano cubriera el carril y la velocidad de Sergi quedara liberada para sofocar cualquier fuego. Buscando despegarse, el asturiano optó por acudir a zonas más centradas, lo que dio pie a la cruyffista decisión de soltar a Sergi para que junto a Roger atacaran en un dos contra uno la posición de Chendo. Ante la inferioridad que le tocaba enfrentar al lateral blanco, finalmente Luis Enrique regresó a la orilla, con lo que Cruyff consiguió limitar el ataque rival apoyándose en el propio. Tras un primer tramo de dominio culé, el partido entró en una fase de imprecisiones a ambos lados, aunque las vigilancias individuales de Popescu y Ferrer sobre Laudrup y Raúl mantenían el peligro más próximo a la portería de Buyo que de Carles Busquets. Cuando parecía que el descanso llegaría con igualdad en el marcador, una internada por banda derecha del lateral azulgrana, era rematada por Kodro en el primer palo para adelantar al Barça.

El segundo tiempo empezó con ventaja y cambio de guión. El Madrid iba a conceder más espacios en pos del tanto que igualara la contienda, y Cruyff movió sus piezas. Figo pasó a habitar en zona de tres cuartos, Kodro se abrió a banda derecha para buscar desde ahí la diagonal a la espalda de los centrales, y De la Peña, que durante la primera parte se había movido a su aire, quedó anclado en la izquierda, liberado de trabajo en el retorno y habilitado para recibir tras recuperación de su equipo, encarado hacia dentro potenciándole el gesto final. Fue precisamente en una contra a pies de Lo Pelat que Figo anotaría el segundo previa intervención de Guardiola. El tanto del portugués llegó cuando más y mejor apretaban los de Arsenio, que ya preparaba la entrada de Esnaider para afinar en el remate, y aunque tras el gol ingresara igualmente el argentino y tras él Míchel y Álvaro Benito, el partido ya no se le escaparía al Barça. Kodro, el héroe de la noche con un segundo tanto ya en el tiempo de descuento, completaría los noventa minutos en su noche más feliz vestido de azulgrana.

A Meho, finalizador versátil de inteligentes movimientos y certero remate de cabeza, en verano debió acompañarle el delantero francés David Ginola, pero la operación no se pudo concretar y su lugar en la planificación fue para un Robert Prosinecki que salía por la puerta muy trasera del Real Madrid después de un decepcionante primer año y una cesión al Oviedo. En el croata Johan puso muchas esperanzas y su pretemporada invitó a ello. En el interior izquierdo cuando compartiera once con Popescu y Figo, en la posición de extremo derecho cuando la plaza de extranjero del portugués fuera para Kodro, en la mediapunta o como falso nueve, Prosinecki era la oportunidad, a coste cero, de recuperar a un futbolista que ya había sido grande antes de estrellarse en España. Con 26 años tenía la edad perfecta para hacerlo, pero desde muy pronto las lesiones le apartaron de la dinámica de competición. En su discreta hoja de servicios quedan su presentación en el Gamper y el derbi contra el Espanyol en el que seguramente fue su mejor partido en el Barça.

Cerraba la nómina de foráneos Gica Popescu, el más desconocido para el gran público pero el número dos en la lista de deseos de Cruyff sólo por detrás de Luis Figo. Por detrás de Figo, también, fue el segundo de los extranjeros que mejor rendimiento dio. De él se esperaba el nuevo Koeman, el líbero que al mismo tiempo comandara la defensa y la salida de balón. Además, como el holandés, acreditaba un fuerte disparo a portería y había pasado por las filas del PSV Eindhoven. Sin embargo, pronto quedó claro que los planes del cuerpo técnico eran otros, y su figura sería protagonista de uno de las principales rupturas proyectadas para esa temporada: Popescu iba a ser el cuatro.

Josep Guardiola, el 4 del Dream Team, visitó el interior derecho en varias ocasiones a lo largo de la temporada, cediendo a Popescu su lugar en el mediocentro, donde el rumano suponía un refuerzo defensivo en la vigilancia de los mediapuntas rivales.

Josep Guardiola, el 4 del Dream Team, visitó el interior derecho en varias ocasiones a lo largo de la temporada, cediendo su lugar en el esquema a Gica Popescu. En el mediocentro, el rumano suponía un extra defensivo en la marca sobre los mediapuntas rivales.

 

Los que vean a Popescu como sustituto de Ronald están muy equivocados. El juego de ambos es muy diferente y además queremos que juegue en el centro del campo y no como libre. Es un hombre que tiene llegada y un buen chut desde lejos, y queremos aprovechar su polivalencia. Es elegante con el balón en los pies, tiene visión de juego y va muy bien de cabeza. No descartamos tampoco que pueda hacer un marcaje al hombre cuando las circunstancias lo obliguen” desvelaba Rexach. Uno de los objetivos del cuerpo técnico era el de dotar al nuevo Barça de una mayor solidez en mediocampo, quién sabe si para adaptarse a los nuevos tiempos o si, simplemente, consientes de que con un proyecto tan tierno entre manos la línea de juego iba a ser más irregular, se optaba por un colchón de seguridad ante eventuales accidentes. “El nuevo Barça será un equipo más equilibrado ofensiva y defensivamente” adelantaba el entrenador antes de que el balón empezara a rodar.

Es un hombre de oficio, que sabe cumplir su tarea y encima acude al remate con facilidad. Poco a poco la afición le valorará, es un futbolista importante para nosotros” avisaba Johan Cruyff, “tiene una gran personalidad y dará tranquilidad al equipo cuando esté en el campo” apostillaba su segundo. El cambio, huelga decirlo, en el equipo que había hecho de su mediocentro el ojo del huracán de su juego, tenía un componente también simbólico que iba mucho más allá del simple intercambio de piezas. Pep Guardiola, emblema del 4 ideado por Cruyff en el corazón del Dream Team, empezaría la temporada como interior derecho del equipo, un movimiento que viendo lo que vendría años después, parece anticipar las medidas adoptadas por Antic o Rijkaard y despliega un abanico de interpretaciones de lo más sugerente. Lo cierto es que a mediados de los noventa, producto muy probablemente de los éxitos del Barça a principios de la década, en la Liga española el 1-4-4-2 predominante empezaba a ceder terreno ante el 1-4-2-3-1, un sistema que situaba una amenaza directa justo en la zona que defendía el mediocentro. Siendo Guardiola un futbolista no especialmente apto sin balón y su equipo un proyecto todavía incipiente como para tiranizar con él, esa podría ser una explicación a la transgresora novedad que propuso Cruyff.

Debe puntualizarse, sin embargo, que la fórmula no se impuso del todo. Lo mejor de Pep no estaba unos metros por delante y el equipo lo seguía reclamando como centro ordenador del juego. Así pues, hacia el final de temporada las tornas ya habían cambiado, volviendo el 4 al mediocentro y Popescu a jugar en el centro de la zaga o por delante del de Santpedor, con una responsabilidad en el juego de ataque que el rumano agradeció: “Nunca tuve tanta confianza en el Barça como la que tuve con Johan. (…) Y hacía cosas que no sabía cómo las hacía. Si fuera mujer le diría ‘te quiero’ a Cruyff. El número 1, 2 y 3 es Cruyff y luego vienen los demás. Incluso a lo largo de los meses en que se probó con este cambio de perfil en la posición del 4, era difícil el partido que se empezara y terminara con Guardiola como interior. Bien porque al cerebro le costaba encontrar constancia en sus apariciones en una zona donde hay menos espacios, bien porque Johan le devolvía la base para hacer reposar el partido con marcador a favor, bien porque ordenaba algún marcaje individual al rumano que le hacía primar el hombre a la zona y que era compensado por el catalán, a Pep su antiguo hogar no le estuvo vetado.

No eran extraños los marcajes mixtos en el Barça de Cruyff, y en esta temporada 1995-96 Ferrer, Abelardo, Popescu, Carreras o incluso Sergi Barjuan protagonizaron en ciertos momentos una vigilancia al hombre sobre alguno de los futbolistas más peligrosos del equipo rival. Popescu a Laudrup en el clásico de la segunda vuelta, por ejemplo, Sergi sobre Lardín o El Chiqui Benítez en el derbi barcelonés contra el Espanyol, o uno muy singular de Ferrer sobre Milinko Pantic en la derrota del Barça en el Vicente Calderón de la jornada 16. Fue uno de los momentos clave de la temporada, una de esas citas importantes a lo largo del curso en que al equipo le faltó experiencia y el puñetazo en la mesa de los futbolistas llamados a liderar. Enfrentándose el primero y el segundo de la tabla, con un sólo punto de distancia entre ambos a favor de los de Radomir Antic, el Barça afrontaba el choque con bajas importantes. Quince días antes se lesionaba Carles Busquets, una ruptura en el menisco del portero titular a la que habría que sumar las ausencias de Guardiola, Celades, Sergi, y los lesionados de larga duración Cuéllar y Jordi Cruyff.

Sin ellos, el Barça saltó al campo con Lopetegui bajo palos y lo que, vistos los nombres, parecía un 1-4-3-3. Con el balón en juego, no obstante, la marca individual de Ferrer a Pantic dejaba al catalán prácticamente como el interior derecho del equipo debido a la tendencia central de los movimientos del yugoslavo. Por delante Velamazán era el encargado de perseguir a Toni Muñoz en caso de ser el lateral colchonero el que se internara por la banda, pero fue a la espalda de Ferrer donde desequilibró el encuentro el Atlético. Lubo Penev y sobre todo un Kiko tremendamente inspirado, castigaron la marca de Ferrer a Pantic sin que ni Abelardo ni Nadal lo leyeran. El central asturiano, además, concedería un penalti evitable en el minuto tres que ponía cuesta arriba desde el inicio un partido en el que el Barça nunca llevó la iniciativa y que sólo maquillaría Velamazán en los últimos minutos con el 3-1 final. Apenas era la segunda derrota de la temporada, pero dolió especialmente. Por ser contra el primer clasificado, por lo clara de la superioridad del, a la postre, campeón, y porque se puso al descubierto de forma cruda quizá el principal problema de aquella plantilla: la falta de una personalidad fuerte y de relevo en los liderazgos.

Tras el partido Cruyff, que en estas no se callaba, no tuvo reparos en señalar: “Los que tienen más nombre no saben mandar (…) Con tres internacionales atrás esto no puede pasar”. Años más tarde reconocería el holandés que quizá este fuese el gran déficit de un equipo que protagonizó buenas tardes de fútbol pero que se quedó a las puertas de todo, imputándose él mismo el error a la hora de mezclar los caracteres de la plantilla con el de los nuevos fichajes.

Meho Kodro llegó para cubrir el vacío goleador que dejaban las marchas de Stoichkov, Koeman o Romario, pero con el discreto bagaje de 9 tantos en toda la Liga, se quedó lejos de conseguirlo.

Meho Kodro llegó al Barça para cubrir el vacío goleador que dejaban las marchas de Stoichkov, Koeman o Romário, pero el bosnio sólo lograría marcar 9 tantos en toda la Liga.

 

Sin el paso al frente de las nuevas “vacas sagradas” ni el relevo de los extranjeros, aquel Barça alternó momentos de gran fútbol con otros de zozobra general. Pese a esta irregularidad y a la falta de contrafuertes, no obstante, el equipo se las arregló para llegar vivo al tramo final de las tres competiciones gracias a una racha de seis victorias consecutivas que permitían soñar con todo. En la pelea con Atlético de Madrid y Valencia por una liga que sería rojiblanca, clasificado para la final de Copa del Rey que se jugaría también contra los colchoneros, y en las semifinales de la UEFA después de eliminar con un casi milagroso gol de Sergi al PSV Eindhoven de Nilis, Jonk, Cocu o de un joven, entonces lesionado, Ronaldo Nazário de Lima.

El diez de abril de 1996, en la Romareda, se jugaría la final del primero de los tres títulos en disputa: la Copa del Rey. El Atlético saltó con un once de gala que se recitaba de memoria: Molina, Geli, Santi, Solozábal, Toni, Vizcaino, Simeone, Caminero, Pantic, Kiko y Penev, mientras el Barça lo hacía con Busquets, Celades, Nadal, Sergi, Guardiola, Popescu, Amor, Bakero, Figo, Hagi y Jordi. El primer tiempo fue claramente atlético hasta el minuto 35. Cruyff había organizado a los suyos según un 1-3-5-2 de laterales abiertos en el que tanto Guardiola como Popescu en defensa se sumaban a Nadal para poder defender en superioridad a los dos puntas rivales, quedando habilitados Celades y Sergi para acudir fuera y tapar la subida del lateral. Sin obligar en el retorno al delantero, pues, la estrategia posiblemente fuera lanzar a Figo, Jordi o Hagi a la espalda de Toni Muñoz y Geli, mientras por dentro un Guillermo Amor mucho más adelantado que Bakero, entraría desde segunda línea a la espalda de la defensa del Atlético de Madrid. A diez minutos del entretiempo y ya con Ferrer sobre el césped por lesión de Albert Celades, el técnico holandés ordenó un cambio de dibujo que recolocó a su equipo y equilibró el encuentro. Popescu quedó definitivamente como central junto a Nadal, lo que paradójicamente permitió al Barça tener un efectivo más en mediocampo. Con defensa de tres perdía dos, ya que el rumano y Guardiola se resituaban como zagueros, mientras que ahora, sin mover a Pep del mediocentro, contaba con cuatro.

Tras el descanso los madrileños volverían a tomar la iniciativa, aunque en el Barça la posición más abierta de Figo a la derecha permitía tener con Jordi una referencia en la zona del nueve. De hecho fue un cabezazo del 14 que se estrelló en el travesaño lo que espoleó a los suyos e intimidó al rival, y unido esto al cambio de Roger por Bakero y, sobre todo, a la entrada de Robert Prosinecki al campo, permitió ver al Barça más cómodo de la Final en el último tramo del segundo tiempo. La inercia positiva que había dado el croata a la posesión culé se trasladó también al inicio de la prórroga, que con los tres cambios agotados empezaba con Guardiola lesionado sobre el campo. Hagi primero y Roger después tuvieron la opción de adelantar al Barça, pero fue una internada por la banda derecha de Geli la que aprovechaba el Atlético para marcar merced a un nada habitual remate de cabeza de Pantic. El primer título de la temporada volaba al Manzanares.

Sólo seis días después, al equipo le tocaba disputar en casa la vuelta de las semifinales de la Copa de la UEFA ante el Bayern de Múnich que entrenaba Otto Rehagel. A las puertas de la final, el Barça cayó por 1-2 y fue eliminado en una noche no muy feliz para Carles Busquets. Sin embargo, en aquella eliminatoria contra el equipo alemán, el último Barça de Cruyff dejó la que para muchos fue su mejor actuación. En la ida, jugada en un nevado Estadio Olímpico de Múnich, el Barça otra vez muy mermado por las bajas, arrancó un empate a dos y numerosos elogios por el juego desplegado. Incluso de parte de su adversario. La agencia France Press diría tras el encuentro que “los catalanes hicieron más que empatar. Más que el empate a dos que encarrila la eliminatoria, es la forma de jugar que ha impresionado” y por su parte el rotativo polaco Przeglad Sportowy iría más allá asegurando que “en el primer tiempo, el Barcelona dio un concierto de maestría y arte ridiculizando incluso en más de una ocasión al equipo de Múnich”. Johan, más lacónico, lo resumiría con un “hemos jugado muy bien“.

El viaje a Alemania estuvo marcado por las ausencias en defensa -Abelardo, Nadal y Sergi estaban sancionados- y por una sentencia de Cruyff a modo de preludio: “Si no hay defensas no puedes salir a defender”.

Barca_Bayern

Once titular del Barça en Múnich. Arriba: Amor, Busquets, Popescu, Guardiola, Óscar y Bakero. Abajo: Ferrer, Roger, Celades, Figo y Hagi.

 

Albert Ferrer, el único zaguero disponible, saltó al campo infiltrado y con una fisura en el peroné, y acompañándole en defensa Popescu y Guardiola, unos dicen que tras pedir Johan a dos voluntarios, y otros que por elección directa del técnico ya que no había mucho más donde escoger. Junto a ellos y a Busquets que formaba en la portería, un rombo en mediocampo con Celades y Roger en los interiores, Amor como mediocentro y Óscar de 6 -que en el esquema de Cruyff equivalía al mediapunta-. Arriba, en la derecha Hagi, en la izquierda Figo y por el centro un Bakero con mucha tendencia a acercarse a la media y a intercambiar su posición con el mayor de los García. El Bayern, por su parte, alineaba a Kahn, Babbel, Kreuzer, Helmer, Ziege, Nerlinger, Matthäus, Herzog, Scholl, Klinsmann y Papin. Sin Hamann ni Sforza -el suizo arrastraba un proceso gripal y esperaba turno desde el banquillo-, Matthäus mezcló su rol de líbero por detrás de los dos centrales con apariciones en mediocampo para darle salida al juego de ataque muniqués. El inicio, gracias a algún desmarque de apoyo de Klinsmann que permitió la entrada de segunda línea de Papin, Scholl, Nerlinger o Herzog para firmar las primeras situaciones de peligro del encuentro, fue alemán pero ni mucho menos desbocado.

El ímpetu local, sin embargo, duró poco, y el Barça empezó a sacudirse el dominio gracias a sus dos jugadores rumanos. Popescu, que firmó otro excelente marcaje individual en esta ocasión sobre Klinsmann, secó al por entonces vigente balón de plata y máximo goleador de la competición -la terminaría con más del doble de goles que su más inmediato perseguidor-, mientras Hagi, anclado en la derecha, era el principal apoyo que encontraban los de Cruyff para salir. Ziege, su par, defensivamente era el zaguero menos intenso del Bayern, y su tendencia a sumarse por banda al ataque que el Barça compensó con un sacrificado trabajo de Albert Celades, liberó a Hagi y lo habilitó como el hombre al que buscaban la mayoría de balones a lo largo de la primera media hora de partido. Cuando recibía el esférico, si la recepción había desplazado hacia su sector a la defensa bávara, el rumano descargaba hacia dentro donde los culés encontraban facilidades para asociarse; y si el Bayern mantenía su organización a tres carriles, esperaba la llegada lanzada de Celades para castigar la zona del lateral izquierdo que, además, no podía contar demasiado con las ayudas de Herzog por ese sector.

Precisamente, sobre las llegadas desde atrás y las recepciones entre líneas se edificó un dominio visitantes que se prolongó y aumentó hasta llegar al descanso. Los catalanes se encontraban cómodos, fabricaban líneas de pase con fluidez y mandaban sobre el partido obligándolo a un discurso que protegía a su improvisada defensa y hurgaba en la medular del Bayern. A parte de Hagi, también recibía por dentro Figo, que aunque partiese de la banda izquierda su continuo intercambio de posiciones con Roger le permitía un goteo constante de apariciones entre líneas. Un intercambio de posiciones que a su vez pusieron en práctica Óscar y Bakero y que dejó sin referencia en la marca a los centrales alemanes, dando como resultado no pocas llegadas desde segunda línea sobre todo del canterano. En una de estas llegó el primer gol del encuentro para certificar un dominio culé que se trasladó también a la defensa salvo en los momentos en que más apareció Scholl, y que despidió el primer tiempo con los visitantes en ventaja y jugando a placer, Kahn como salvador de su equipo y una sonora pitada del público del Olímpico acompañando a los futbolistas del Bayern camino de vestuarios.

Tanto fue así que en la reanudación el once de Otto Rehagel presentaba dos novedades ya de inicio. Sforza tomaría el lugar de Herzog en mediocampo para tratar de darle más sentido y organización al juego de ataque de su equipo, y Kreuzer, el central, dejaría su plaza a un delantero como Witeczek. Este segundo movimiento implicó una reestructuración del esquema alemán que sujetó definitivamente a Matthäus en el centro de la zaga, a Scholl en la mediapunta y que enfrentó tres atacantes a la debilitada zaga alineada por Cruyff. Los cambios surtieron efecto, y pese a la entrada de Jordi en lugar de Óscar para ganar velocidad en el desmarque a la espalda de una defensa que ahora jugaría más expuesta, y a la recolocación de Celades casi como lateral, el Bayern tardó apenas diez minutos en darle la vuelta al marcador. Un primer tanto de Witeczek y otro de Scholl tras una pérdida de Jordi en la segunda vez que la defensa lanzaba mal la línea del fuera de juego, tiraban por tierra el gran primer tiempo del Barça. La nueva disposición y la entrada de Sforza, sin duda, habían resultado claves. El suizo, desde la dirección con el balón, mejoraba mucho la calidad de los ataques del Bayern, que además y como consecuencia, desde su ingreso al campo defendía mucho mejor.

Sin capacidad para salir y perdiendo la lucha de los balones divididos, para evitar males mayores a falta de un cuarto de hora Cruyff echó mano de Iván de la Peña, que aunque a lo largo de su carrera evolucionara en un especialista mediapunta, no hay que olvidar que por entonces venía de jugar normalmente de 4 con el filial. En su primera intervención recogió la pelota casi sobre la zona del lateral izquierdo, condujo para salir, encontró a Hagi en la derecha y como resultado de aquello el Barça logró asentar su primer ataque en campo rival después de bastantes minutos. A raíz de esta situación, como el ataque había dado tiempo a los catalanes para conquistar posiciones en campo alemán y así molestar la salida, un pase en profundidad de Hagi para Jordi que no terminó en nada, provocó que Babbel marrara un envío sencillo del que se adueñó el rumano para lograr el segundo gol del Barça. Un empate a dos fuera de casa que ponía a los culés en ventaja en la eliminatoria, pero que no supieron hacer valer para alcanzar la Final en que se enfrentarían Bayern de Múnich y Girondins de Burdeos.

A la eliminación europea le siguió, cuatro días más tarde, la derrota como local en Liga frente al Atlético de Madrid, un tropiezo que alejaba al líder y que ayudado por la insostenible relación que Cruyff y la directiva de Josep Lluís Núñez mantenían desde hacía meses, firmaba la sentencia del técnico. La ejecución llegaría el 18 de mayo, cuando todavía quedaban por disputarse dos jornadas de Liga y con un Barça-Celta en el Camp Nou, sin Cruyff, en que el público regaló una emotiva despedida al holandés en la figura de su hijo Jordi cuando Rexach tuvo a bien sustituirlo a falta de tres minutos para el final. Un cierre abrupto a ocho años de Johan Cruyff en el banquillo del Barça, que dejaba incompleto el intento del holandés por levantar su segundo proyecto ganador en el club catalán. De lo que habría venido después, poca cosa más podemos hacer que conjeturar, pero sí disponemos de algunas aparentes certezas para hacerlo. Sabemos el diagnóstico de Cruyff hacia aquella temporada, y que con Johan las líneas maestras del mercado de fichajes se empezaban a trazar meses antes. Así, por ejemplo, su destitución no impidió que se incorporaran a la disciplina azulgrana Pizzi y Luis Enrique, atados con anterioridad y que llegaron tras finalizar sus contratos con Tenerife y Real Madrid respectivamente. Dos futbolistas internacionales con mucho carácter para cubrir el déficit de personalidad que había acusado el equipo. Es cierto, sin embargo, que con la sentencia Bosman recién implantada el siguiente verano fue especial, y que los planes de Cruyff al respecto a buen seguro habrían cambiado al poder incorporar, sin límite, a futbolistas con pasaporte comunitario.

eumd4Aún así, todavía con la restricción de cinco extranjeros por plantilla vigente, el técnico holandés y su cuerpo técnico cerraban la contratación del veterano central Laurent Blanc, seguramente para ocupar la plaza de foráneo que con la llegada de Pizzi iba a dejar vacante Kodro. El bosnio, Hagi y Prosinecki tenían todos los números para aligerar una nómina de extranjeros en la que con toda seguridad permanecerían Figo y Popescu. Por otro lado, las dificultades para encontrarle un inquilino fiable al extremo izquierdo del esquema durante la temporada, hacían presagiar algún movimiento para la posición en verano, y con la posibilidad de contar con hasta dos plazas libres para incorporar jugadores de fuera, muchas miradas se dirigieron al extremo galés del Manchester United Ryan Giggs, por quien en Inglaterra llegaron a asegurar que existían conversaciones entre clubs y un precontrato con el jugador. Ya fuera del club, Cruyff afirmaría también haber tenido atado en el mes de enero a un joven Zinedine Zidane que despuntaba en Francia, y que tras la destitución del técnico se comprometería con la Juventus de Turín.

Atendiendo al fracaso de Prosinecki y a las distintas posiciones que se habían barajado para el croata en el esquema culé, el nombre del francés encajaba formando parte de una lista donde también pudieron estar Rui Costa o Aron Winter -interior derecho que terminó en el Inter de Milán-. Por último, más allá de algún movimiento de menor entidad en defensa, sobre todo para el lateral, el otro gran capítulo de la planificación correspondía a la portería, un tema en el que club y entrenador iban por caminos muy distintos. Mientras la directiva negociaba con Vitor Baía desde la hipótesis de la no continuidad de Cruyff, el técnico hacía lo propio con el colchonero José Francisco Molina, guardameta que había revolucionado la Liga por su dominio con los pies, valentía en las salidas y un juego lejos de la portería que había permitido a su equipo situar la línea defensiva muy arriba. Hasta qué punto acercaron posturas Cruyff y el jugador no lo sabemos. Tampoco sus intenciones para el siguiente ejercicio respecto a la demarcación de Guardiola y Popescu, sobre las funciones de Luis Enrique o acerca del relevo de Bakero en la posición del seis. Quizá las dos últimas cuestiones tuvieran la misma respuesta.

De todos modos, nada de eso llegó a darse. Cruyff colgó la gabardina y el Barça siguió su camino bajo la dirección de Bobby Robson. La última obra del holandés desde los banquillos quedó incompleta, una característica fastidiosa pero inherente al estilo tardío, que lo es porque no concluye. El protagonista se va dejando el final abierto, y el resto nos quedamos regocijándonos en la insinuación. En el limbo de lo que pudo haber sido.

 

· Artículo relacionado: Aquel primer verano en Papendal

 

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13 Comments
  • Arbmas
    Posted at 04:19h, 06 enero

    Mola mucho!! Q recuerdos, ese Barça-Celta sin Cruyff fue mi primer partido en el Camp Nou con 10 años. asi lo de la portera de Nuñez por que jugador lo dijo, como hubiera gozado con Zizou en el Barça, vaya ataque seria ese Giggs, Zidane, Figo… y ademas queria tambien a Rui Costa en ese mismo equipo, y sumale De la Peña, algo genial hubiese salido de ahi… aunque habria que equilibrarlo por algun lado no?
    En esta etapa de transicion sin juego se agradece un regalo de reyes tan bueno y trabajado, por mi parte. Muchas gracias!! 🙂

    • Arbmas
      Posted at 04:21h, 06 enero

      Curiosamente hace 3 dias estuve viendo un partido de Zidane cuando despuntaba en Francia, un Bordeaux-AcMilan con Zidane, Lizarazu, Dugarry, Maldini, Baresi, Desailly, Vieira, Weah, R.Baggio… yo lo disfrute, si alguien lo quiere ver: https://www.youtube.com/watch?v=2B3DB2POLhs

  • Edgar Ié
    Posted at 21:20h, 06 enero

    Pues yo no soy Cruyffista ni Nuñista, pero hay varias cosas de Cruyff y Laporta que no me gustaron nada, como por ejemplo: eran jugadores para el primer equipo del Barça Jordi y Angoy? y sobre Laporta, cuanto pretendia sacar de esos tratos con gente sucia de Uzbekistan?
    Lo que si soy seguiidor de este estilo de juego que hoy parece que hemos perdido, y creo que lo mejor que podria venir al Barça seria alguien que siguiera con ese patron de juego y no fuera ni de un bando ni de otro.

  • Morén
    Posted at 22:57h, 06 enero

    @Arbmas

    Muchas gracias por las felicitaciones!

    Tras estos meses zambullido en aquel 1996 y jugando a adivinar, mis principales dudas acerca de lo que proyectaba Cruyff son el reparto de roles entre Popescu y Guardiola (quién sería el 4 y quién el interior) y el relevo de Bakero en la mediapunta. Tengo bastante claro que Zidane habría hecho la de Laudrup como falso nueve, pero no quién veía Cruyff para ocupar la posición del 6. Óscar, De la Peña o incluso Figo (que entonces era un jugador más interior de lo que fue después) podrían serlo, pero si tuviera que arriesgar diría que la idea era Luis Enrique. Con Molina o Busquets en la portería, Ferrer, Blanc y Sergi en defensa, Roger como cuarto centrocampista en la izquierda, y Figo y Giggs como hombres de banda arriba. Eso sí, teniendo en cuenta que cuando esa idea se proyectó estaba vigente la restricción de tres extranjeros, con lo que Nadal, Celades, Óscar, De la Peña, Cuéllar, Jordi o Pizzi podrían figurar dependiendo de la elección del míster, o, una vez levantada la veda, podría haber entrado algún futbolista foráneo más.

    @ Edgar Ié

    Como le comenté en otro hilo a @Halilović 10, en estos momentos todo lo que no tenga que ver con lo deportivo mejor lo dejamos fuera, que precisamente la gracia de este espacio es esa y si no nos lo cargamos en dos días.

    Sobre los dos futbolistas que comentas (ahí sí entramos, por supuesto) yo diría que Angoy no lo tenía, aunque sólo disputó 9 partidos con el primer equipo y eso dificulta un juicio razonado (a los más de cien que disputa con el filial no he tenido acceso). Sin embargo, hay que contextualizar algo que me parecía muy importante a la hora de encarar este artículo, y es que hablamos de la época pre Ley Bosman, con las restricciones a la hora de fichar que eso supone al tener un mercado mucho más restringido. Los perfiles secundarios (un tercer portero lo es mucho) solían ser de nivel más que dudoso. Mismamente, ese último verano de Cruyff en Barcelona, el Barça se planteó sustituir a Lopetegui como segundo portero e incorporar en su lugar a José María Ceballos del Racing de Santander. La nómina de terceros porteros en los grandes de aquella época no era precisamente halagüeña^^

    En el caso de Jordi habría que matizar más. Personalmente, tengo la impresión de que futbolísticamente sí daba el nivel. Quienes más lo vieron en el filial afirman que pocos canteranos habían visto con su superioridad respecto al resto, y creo que a la hora de dar el salto su problema fue más psicológico que de juego. Además de una relación con las lesiones muy perniciosa. En este sentido, Ryan Giggs afirma en su biografía que pocos jugadores vio mejores en los entrenamientos, lo que nos lleva otra vez a la cuestión mental a la hora de soportar la presión de la competición. Y es que no hay que olvidar, tampoco, que Jordi en aquella 95-96 tiene 21 años, una edad que ahora lo convertiría en el futbolista más joven del Barça junto a Rafinha. Como comento en el artículo, aquel año se pierde gran parte de la temporada por lesión (30 jornadas fuera) y sólo anota dos goles, pero en la anterior en que puede disputar hasta 28 partidos, logra 9 tantos en Liga siendo un jugador de banda (junto a Hristo y Koeman el máximo goleador del equipo la temporada 94-95).

    • Arbmas
      Posted at 00:54h, 07 enero

      Habria podido ser un:
      ———-Molina
      Ferrer—Blanc—-Sergi
      ——-Guardiola
      –Popescu——-L.Enrique
      ———Zidane
      -Figo—-Pizzi—-Giggs

      • Arbmas
        Posted at 01:06h, 07 enero

        me gusta mas con pizzi porq a un Figo, Zidane, Giggs le veo algo falto de profundidad y punch, aunque Pizzi no era ningun fuera de serie y a Pep no lo veo de interior.

  • Anonima
    Posted at 21:34h, 07 enero

    :’)

  • Morén
    Posted at 17:01h, 09 enero

    Hay que tener en cuenta que para Cruyff el rol del 6 (su mediapunta) no era el de nuestro playmaker organizador y asistente, o la de un futbolista de desequilibrio, sino el de un pivote que prácticamente siempre tocaba de espaldas y cuya importancia residía en ofrecérsela de cara al compañero para que este pudiera, por un lado, acelerar el ritmo de la circulación, y por el otro, encontrar al tercer hombre. Para Johan esta función resultaba clave y de hecho cuando era necesario introducir un cuarto defensa en el dibujo, prefería sacrificar a un delantero que a este vértice superior del rombo. En segundo lugar, este jugador también tenía una responsabilidad grande llegando desde segunda línea a la zona liberada por el falso nueve. Para el holandés, este 6 fue la verdadera innovación táctica de su Barça, y no el 4 como comúnmente se piensa.

    • Halilović 10
      Posted at 20:22h, 09 enero

      La punta del rombo de ese 3-4-3, yo era un crio cuando todo esto pero ese rol era para Bakero no? Laudrup nunca tuvo ese rol, Cocu habria encajado ahi, por como lo defines parece el rol de un delantero boya, debia hincharse a recibir pases de Koeman y dejarsela a Pep de cara, esa era su labor, y el papel de los interiores cual era el de acompañantes del mediocentro tipo Pogba-Vidal (con menos fisico q estos claro) con Pirlo?

      • Morén
        Posted at 18:01h, 12 enero

        Sí, el 6 era Bakero, y como digo su función principal era la de actuar como un pivote de espaldas a portería para devolverla de cara a los centrocampistas y la de llegar después desde atrás al espacio vacío que dejaba el falso punta.

        Sobre los interiores, depende de si hablamos de esta temporada 95-96 o del período del DreamTeam, y en este caso, de qué etapa (ya que tuvo varias). Sobre lo primero, como en esta última temporada de Cruyff aparece el intento novedoso de mover al 4 a la posición de interior, cambia un poco. En el izquierdo quien más repitió fue Roger, que intercambiaba mucho con la posición del extremo izquierdo, que al estar Cuéllar y Jordi tanto tiempo fuera, normalmente no recaía en un jugador específico para el puesto. Además, era habitual que se les pidiera llegada desde segunda línea y que a uno de los dos interiores -si no lo dos- tuvieran también su función defensiva emparejándose con alguna de las alas rivales, teniendo en cuenta que atrás el equipo solía cerrar sólo con tres hombres.

  • Otsuka
    Posted at 03:27h, 12 enero

    Maravilloso, Morén, un espectáculo.