En un momento dado | La reserva del caimán
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Luis Suarez of FC Barcelona grabs the ball during the La Liga match between FC Barcelona and SD Huesca at Camp Nou on September 2, 2018 in Barcelona, Spain. (Photo by David Ramos/Getty Images)

La reserva del caimán

El nueve del FC Barcelona sólo ha marcado cuatro goles en el cómputo de las dos últimas ediciones de la Champions League. Dos si se cuentan únicamente los encuentros en fase de eliminatorias, y ninguno jugando fuera de casa. Capital en el último entorchado europeo azulgrana, aquel que guió con goles en octavos -dos en el Etihad-, cuartos -dos en el Parque de los Príncipes- y Final -el tanto que deshacía la igualada impuesta por Álvaro Morata-, el descenso que a lo largo de las últimas temporadas viene experimentando el impacto de Luis Suárez cuando es testado en los escenarios de máxima exigencia, es uno de los factores que ha marcado, irremediablemente, el techo limitado de los azulgranas en la competición que más reluce. El fútbol de esta era es uno que ha aprendido a naturalizar, quizá como ningún otro hizo antes, la delegación del gol, el hecho de que el protagonista principal en la anotación ya no habite eternamente en el reino del área o que donde antes había un estilete hoy muchas veces aguarde un escudero, pero en la competición que se teje con momentos y golpes de puntualidad, se requiere que la pieza más cercana a la portería contraria pueda ser una fuente de ventajas. Benzema, Firmino o Dzeko, la temporada pasada, lo fueron en los momentos clave. Alderweireld, Dier o Vertonghen van a medir esta noche si en 2018 Luis Suárez puede volver a serlo.

A la hora de calibrar la relevancia del delantero centro azulgrana en el juego de contrapesos de los culés, la realidad de la plantilla que tiene en sus manos Ernesto Valverde resulta un decorado con trampantojo, pues aquello que conoce en el día a día no siempre puede reproducirlo en los días clave. Así sucedió el curso pasado, la temporada en la que Leo Messi volvió a acercarse al gol y que buscó en otros la responsabilidad de hacer avanzar el juego que antaño correspondió al argentino, cuando Busquets, Rakitic, Iniesta, Umtiti, Sergi Roberto o Gerard Piqué, viendo que a su puerta llamaba la energía y la electricidad del máximo nivel, necesitaron nuevamente de un Messi muy presente en fases iniciales del juego. De este modo, el nueve, hasta entonces una pieza secundaria en el desenlace, que compartía espacios y transfería atenciones, recuperó el espacio central. Un encargo, a veces prácticamente único en los últimos metros, en contradicción a un desempeño del equipo semana a semana que parecía edificarse a través de caminos que lo circundaban. Podría decirse, incluso, que en el trabajo casi de orfebre que realizó Valverde la temporada pasada para diseñar un plan que al mismo tiempo que construyera una estructura le sirviera a buena parte de sus individualidades como trampolín para arrojar sobre el tapete alguna de sus virtudes más determinantes, el uruguayo fue el único futbolista del Barça al que la pizarra pidió más de lo que podía ofrecerle.

Sacrificado en el remate y la zona central, necesario a la hora de dotar de amplitud el sector izquierdo hasta la llegada desde atrás de Jordi Alba y principal responsable de separar a la línea defensiva rival de la zona de recepción culé en tres cuartos de campo, en el primer Barça de Valverde el uruguayo resultó más un instrumento para potenciar a alguno de sus compañeros que una recompensa a la que acercarse. Temporadas atrás, a las órdenes de Luis Enrique y provisto todavía de una plenitud física abrumadora, Suárez había podido ser ambas cosas. Había podido ser prácticamente todo. Una lista de deseos sin barreras a partir de la cual dar sentido de equilibrio a diseños de equilibrista. Pero atravesada la treintena tocó elegir y la decisión del Txingurri fue clara. También parece serlo, en este arranque de curso, el cambio. Posiblemente porque hace unos meses probara el techo al que condena no disponer de una arma que mantenga la amenaza de gol aun cuando Messi se ve forzado a intervenir lejos de portería, o que sea capaz de intimidar defensas decididas a apretar las líneas contra la salida y circulación de balón azulgrana. También después de que el verano no haya acompañado con nuevas certezas en la materia. La forma en que, a priori, entiende ahora la pizarra de Valverde a Luis Suárez ha dado un vuelco de ciento ochenta grados. Hasta tal punto se ha modificado al contexto para el cahrrúa, que si del primer Barça de Valverde podía decirse que, más que menos, abrigaba a todos los jugadores salvo a él, en el que ha empezado el curso 2018-19 apenas se observa más calor que el que calienta al uruguayo.

Situado en el centro de un ataque a tres carriles que, por lo tanto, sitúa a cada lado de Suárez a un delantero más próximo de la cal que el nueve, con los pasillos interiores transitados por los extremos y las compensaciones a banda recayendo en los medios o los laterales, su espacio se ha concentrado. En el eje vertical, abandonar el carril central ya no es una obligación sino una posibilidad, y en el vertical la distancia que separa el arranque de su carrera de la espalda de un central se ha recortado. Luis tiene que correr menos y más cerca del punto de penalti. Ese que el curso pasado compartía con Messi y que ahora alimenta la boa izquierda del argentino desde atrás. No está claro que, tras la salida de Iniesta, Valverde pueda permitirse prescindir de Messi trasladando el balón hacia adelante para ubicarlo arriba esperando el envío de un compañero, y el Txingurri sabe que sin la bota izquierda del argentino permanentemente habilitada para ajusticiar al guardameta rival, necesitará cada una de las gotas que todavía queden en los colmillos del caimán. ¿Bastarán los nuevos retoques para que recuperar el impacto de Luis Suárez en la Champions League? ¿A qué puede aspirar el Barça con él? El Tottenham de expertos en bregar contra arietes, de Pochettino, Vertonghen, Alderweireld, Davinson Sánchez o Eric Dier, será el primer gran rival en responder a preguntas que marcarán la temporada barcelonista.

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– Foto: David Ramos/Getty Images

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